La historia de la estación antigua de Pinto es inseparable de la llegada del ferrocarril al sur de la Comunidad de Madrid y del propio desarrollo urbano de la localidad. Pinto, tradicionalmente conocida por su posición estratégica como punto central de la península según la tradición popular, pasó durante el siglo XIX de ser una villa agrícola a convertirse en un enclave ferroviario clave gracias a la expansión de las líneas de ferrocarril que partían desde Madrid hacia el sur. La estación histórica de Pinto, hoy integrada en la red de Cercanías Madrid, es uno de los ejemplos más representativos de cómo el tren transformó de forma profunda la vida económica y social de los municipios del entorno de la capital.
El origen de la estación de Pinto se remonta a 1851, año en el que se inauguró el ferrocarril Madrid–Aranjuez, la segunda línea ferroviaria de la península ibérica tras la de Barcelona–Mataró. Este ferrocarril, promovido inicialmente por el marqués de Salamanca, tenía como objetivo principal conectar Madrid con el Real Sitio de Aranjuez, pero desde el primer momento se concibió también como una infraestructura fundamental para el transporte de mercancías y viajeros en el sur de la provincia. Pinto fue una de las estaciones intermedias de este trazado y desde su apertura adquirió un papel destacado como punto de parada obligada para trenes de largo recorrido y servicios regionales.
La primera estación de Pinto era un edificio sencillo pero funcional, acorde con la arquitectura ferroviaria de mediados del siglo XIX. Construida en ladrillo visto y con una estructura simétrica, contaba con un cuerpo central para viajeros y dependencias anexas destinadas a usos ferroviarios como oficinas, almacenes y viviendas para el personal. En torno a la estación se organizaba un pequeño complejo ferroviario con vías de apartado, muelles de carga y elementos auxiliares que permitían el intercambio de mercancías agrícolas, especialmente cereales, vino y productos hortícolas procedentes de la comarca. Este flujo de mercancías convirtió a Pinto en un punto logístico relevante dentro del corredor Madrid–Aranjuez y posteriormente Madrid–Andalucía.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, la estación antigua de Pinto fue un auténtico motor de crecimiento para la localidad. A su alrededor comenzaron a instalarse industrias, almacenes y talleres, mientras que el casco urbano fue expandiéndose progresivamente hacia la zona ferroviaria. El tren facilitó la llegada de nuevos habitantes, mejoró las comunicaciones con Madrid y favoreció el desarrollo de actividades comerciales que hasta entonces estaban limitadas por la distancia y la lentitud de los transportes tradicionales. Para muchos vecinos, la estación se convirtió en la puerta de entrada y salida del municipio, un lugar cargado de simbolismo donde se despedían emigrantes, se recibían mercancías y se celebraban acontecimientos importantes.
La Guerra Civil supuso un periodo difícil para la estación de Pinto, como para gran parte de la red ferroviaria española. Aunque no fue destruida por completo, sufrió daños y un notable desgaste debido al uso intensivo y a la falta de mantenimiento. En los años de la posguerra, la estación continuó prestando servicio en condiciones precarias, pero siguió siendo esencial para la movilidad de la población en un contexto de escasez de recursos. Con la creación de RENFE en 1941, la estación pasó a integrarse en la red ferroviaria nacional, iniciándose una etapa de cierta estabilización y mejoras progresivas en las instalaciones.
A partir de los años sesenta y setenta, con el crecimiento demográfico del área metropolitana de Madrid y la transformación de Pinto en una ciudad dormitorio, la estación adquirió una nueva función centrada cada vez más en el transporte de viajeros diarios. Sin embargo, el edificio histórico comenzaba a quedarse pequeño y obsoleto para las necesidades de una demanda en constante aumento. Los andenes, los accesos y los servicios resultaban insuficientes para absorber el volumen creciente de pasajeros que utilizaban el tren para desplazarse a la capital.
La llegada de la red de Cercanías Madrid en los años ochenta marcó un punto de inflexión definitivo. Pinto se integró plenamente en el sistema metropolitano ferroviario, lo que implicó una modernización profunda de las infraestructuras. En este proceso, la antigua estación fue progresivamente sustituida por instalaciones más modernas, adaptadas a trenes de alta frecuencia, mayores flujos de viajeros y nuevos estándares de accesibilidad y seguridad. Aunque el edificio histórico dejó de cumplir su función original, su memoria permanece viva en la historia local y en el recuerdo de generaciones de vecinos que hicieron de la estación un espacio cotidiano.
Hoy en día, la estación de Pinto es una pieza fundamental de las líneas C-3 y C-4 de Cercanías Madrid, pero la huella de su estación antigua sigue siendo un referente histórico para entender cómo el ferrocarril transformó el municipio. La evolución desde aquella modesta estación decimonónica hasta el actual nodo de transporte metropolitano refleja el propio crecimiento de Pinto, de villa agrícola a ciudad plenamente integrada en el área metropolitana de Madrid. La antigua estación de Pinto no fue solo un edificio ferroviario, fue el símbolo de la llegada de la modernidad, del progreso y de la conexión definitiva de la localidad con el resto del país.
En la década de 1980 el transporte ferroviario suburbano en torno a Madrid vivió un proceso de reorganización y profesionalización significativo. Aunque los servicios de trenes de cercanías existían desde décadas anteriores, fue durante esos años cuando se empezaron a articular políticas y planes que darían lugar a la red de Cercanías Madrid tal y como se conoce hoy. En 1980 se publicó el Plan General Ferroviario a nivel nacional y poco después el Plan Ferroviario para el Área Metropolitana de Madrid, sentando las bases para una red suburbana más estructurada y competitiva frente a otros modos de transporte.
La estación de Pinto, que ya llevaba más de un siglo en funcionamiento desde su inauguración en 1851 con la línea Madrid–Aranjuez, continuó operando como parada en la ruta entre Madrid y ciudades del sur, conectando con trenes de media distancia y viajes regionales. La integración progresiva de servicios urbanos y suburbanos implicó que Pinto empezase a tener un carácter más frecuente y regular en los trenes que circulaban hacia y desde Madrid, respondiendo al crecimiento poblacional y al fenómeno de la ciudad dormitorio que caracterizó a muchos municipios del sur metropolitano en esas décadas.
Ya en los años 90, con la consolidación de Cercanías Madrid como red integrada operada por Renfe, la estación de Pinto quedó plenamente incluida en la línea C-3, que unía El Escorial con Aranjuez y cuya organización moderna data de 1980 pero se estructuró más firmemente durante esa década y posteriores. Además, en los años 90 y comienzos del 2000 se plantearon y construyeron líneas adicionales como el ramal Pinto–San Martín de la Vega (conocido como C-3a desde 2002), diseñado para dar acceso al Parque Warner Madrid, aunque este ramal estaría posteriormente en funcionamiento hasta el 2012.
Durante las décadas de 1980 y 1990, la estación de Pinto no solo continuó su función tradicional de parada en la histórica línea ferroviaria Madrid–Aranjuez, sino que formó parte de la consolidación de Cercanías Madrid. Esto significó un aumento de la frecuencia de trenes, la inclusión dentro de un sistema suburbano más estructurado y la adaptación a las demandas de movilidad de una población creciente que utilizaba el tren como principal medio para desplazarse a la capital y otras localidades.








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