La nueva imagen de Cercanías: mucho más que una capa de pintura

Pocas cosas forman tanto parte del paisaje cotidiano de una ciudad española como un tren de Cercanías. Es el vagón en el que se duerme la última media hora antes del trabajo, el andén donde se espera con el café en la mano, el color que asociamos a la rutina, a los retrasos y también a la ciudad que se mueve. Por eso, cuando se empezó a hablar de que Renfe renovaría la identidad visual de Cercanías, la reacción no fue de indiferencia. Fue de opinión, y mucha.

Conviene empezar por el contexto. La renovación de Cercanías no es un movimiento aislado. Renfe prepara el cambio de su logo veintiún años después del último, junto con los de AVE y Cercanías, en un proceso a medio plazo. La compañía ya había renovado su imagen corporativa cuando se constituyó como entidad pública empresarial, y el morado de sus letras se convirtió en seña de identidad durante dos décadas. 










La primera imagen real de lo que se viene apareció, como suele ocurrir en el mundo ferroviario, gracias a un aficionado con cámara. Un usuario de Instagram fotografió junto a las vías de pruebas de Stadler, en Albacete, una unidad de la serie 453 con un esquema de pintura nuevo. En esa decoración predomina el rojo, y el autor de las fotos apunta que podría ser el mismo rojo Cercanías que se usa desde los años ochenta.

Si hay un elemento que centra la conversación, es el que no aparece: la famosa «C» girada. Ese logotipo, obra del diseñador Alberto Corazón, lleva décadas en las estaciones, los uniformes y los trenes. Su diseñador falleció hace unos años, lo que añade cierta carga emocional a cualquier decisión sobre su futuro.

En la decoración filtrada, la completa ausencia del logotipo de Cercanías es la crítica de mayor peso, aunque se apunta a que la falta de la C podría ser temporal. Entre los aficionados hay quien confía en que se mantenga y quien ya la da por perdida. En los foros se ve bien el ambiente: hay quien defiende que el nuevo logotipo parece ser simplemente la palabra «cercanías» estilizada, como aparece en los laterales, y quien espera con esperanza que la C de Corazón siga ahí.

Es la pregunta que cualquiera se hace. La respuesta corta es que las marcas envejecen. Un sistema visual pensado hace décadas convive hoy con pantallas, aplicaciones, señalética digital y una competencia (real o percibida) de otros modos de transporte que cuidan mucho su imagen. Renovar la identidad permite unificar criterios entre trenes, estaciones, web y app, y transmitir una idea de modernización.

Además, en el caso de Cercanías, la marca ha ido acumulando variantes. Distintos núcleos, distintas épocas de material rodante y distintas convenciones de pintura han generado una imagen algo heterogénea. Un rediseño coherente es una oportunidad para ordenar todo eso. 

Es una objeción comprensible, y es la que más resuena entre los usuarios habituales. Quien coge el tren todos los días quiere puntualidad, frecuencia, limpieza y fiabilidad; la librería de colores le importa bastante menos si el tren llega tarde. Una nueva pintura no arregla una avería de señalización ni una falta de material.

Aun así, conviene matizar. La identidad visual no compite necesariamente con la mejora del servicio: pueden coexistir si el cambio se hace con criterio y con un coste razonable. El riesgo es que se perciba como una operación cosmética que llega antes que las soluciones de fondo. Esa percepción, más que el diseño en sí, es lo que puede dañar la reputación de la operación.

Más allá del gusto personal, hay tres cuestiones que decidirán si este cambio funciona.

Reconocimiento. Una marca de transporte tiene que identificarse en un segundo, desde el andén y desde lejos. Un rojo dominante puede ayudar mucho a destacar, y a la vez debe seguir diferenciando Cercanías de otros servicios de la propia Renfe.

Coherencia. El tren es solo una parte. Estaciones, billetes, aplicaciones, uniformes y comunicación tendrán que hablar el mismo idioma visual. Un cambio que se queda a medias, con trenes nuevos y estaciones antiguas, genera confusión en lugar de identidad.

Herencia. Se puede modernizar sin romper con todo. La discusión sobre la C de Corazón es, en el fondo, una discusión sobre cuánto del pasado merece conservarse. Muchas marcas históricas han sabido evolucionar su logotipo sin abandonarlo, y esa suele ser la vía que mejor acogen los usuarios.



La nueva imagen de Cercanías es, al mismo tiempo, una oportunidad y un riesgo. Oportunidad, porque una identidad renovada puede aportar orden, personalidad y una sensación de modernidad a un servicio que millones de personas usan cada día. Riesgo, porque toca algo muy querido y porque llega en un contexto en el que muchos usuarios esperan, ante todo, un mejor servicio.

Lo más sensato es esperar a ver el conjunto antes de sentenciar. Un color, un logotipo o una rotulación se juzgan de verdad cuando se ven repetidos en cientos de trenes y estaciones, no en una foto filtrada. Y, sobre todo, se juzgan por lo que hay detrás: si el tren que lleva esa pintura llega a tiempo, va limpio y te deja donde tienes que estar.

Al final, la mejor imagen que puede tener Cercanías es la de un servicio que funciona. Si el rediseño acompaña a eso, será una buena noticia. Si pretende sustituirlo, los usuarios lo notarán enseguida, por muy bonito que sea el rojo.

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